Mark Zuckerberg ha vuelto a la carga con una de sus ya clásicas visiones grandilocuentes. Esta vez, a través de un manifiesto de 6.500 palabras, nos presenta el futuro según Meta AI: un mundo donde cada persona tendrá una “superinteligencia personal”. El problema no es la ambición de la propuesta, sino quién la firma. En un momento en que la ansiedad pública sobre la IA está en su punto más alto, un monólogo puramente optimista, que ignora cualquier posible riesgo, suena más a propaganda que a un plan de futuro creíble, especialmente viniendo del arquitecto de la era de la desinformación en redes sociales.

Un tutor con doctorado en cada bolsillo

La visión de Zuckerberg, hay que admitirlo, es seductora en el papel. Habla de un futuro en el que “todos tendrán un tutor y entrenador personalizado con un doctorado en cada materia”. Promete que “el mejor y más realista camino para construir un futuro de IA positivo es ofrecer superinteligencia a todos”, garantizando además que el acceso será “gratuito o asequible”. Es el sueño de la democratización del conocimiento y el poder personal elevado a la enésima potencia, donde cada individuo se convierte en un agente de cambio más capaz que nunca.

El fantasma de Facebook

Pero aquí es donde la hemeroteca se convierte en el peor enemigo de Meta. Es imposible leer estas promesas sin recordar el historial de la compañía. Hablamos de una empresa que ha enfrentado multas millonarias, como la de 567 millones de dólares por escándalos de privacidad, y cuya plataforma principal es vista por el 64% de los estadounidenses como perjudicial para la democracia. Cuando Zuckerberg afirma que con sus nuevas herramientas “cada persona será más capaz de dar forma al futuro”, a muchos nos viene a la mente cómo se “dio forma” a elecciones y al discurso público en la última década, y no precisamente para bien.

El manifiesto es notable no solo por lo que dice, sino por lo que omite. En sus miles de palabras no hay una sola mención a los riesgos de la desinformación, la manipulación, los sesgos algorítmicos o el potencial uso malicioso de estas superinteligencias personales. Como bien analiza un reporte de TechCrunch, esta ausencia de autocrítica y de reconocimiento de las preocupaciones ciudadanas es precisamente lo que alimenta la desconfianza. La visión de Zuckerberg parece existir en un vacío, ajena al mundo real que su propia tecnología ayudó a crear.

La carrera por la inteligencia artificial no se ganará solo con poder de cómputo y modelos más grandes. La confianza es la variable que Meta parece seguir subestimando. Mientras Zuckerberg siga vendiendo utopías sin hacerse cargo de las distopías que ya ha generado, cada nuevo manifiesto será recibido no con expectación, sino con una dosis cada vez mayor de escepticismo.

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