La promesa original de Silicon Valley era la liberación, la democratización del conocimiento y el empoderamiento del individuo frente a las viejas estructuras de poder. Sin embargo, para la aclamada historiadora de Harvard Jill Lepore, esa promesa se ha desvanecido para dar paso a una nueva y peligrosa concentración de poder. En su nuevo libro, Lepore argumenta que las grandes corporaciones tecnológicas no solo están construyendo herramientas, sino que están erigiendo un “estado artificial” que usurpa funciones gubernamentales y amenaza con llevarnos de vuelta a una “tiranía y mistificación en la forma de gobierno por algoritmos, corporaciones y máquinas”. Esto importa, y mucho, porque las decisiones que definen nuestras vidas están dejando de ser un asunto público para convertirse en el código propietario de unos pocos.

Lectores de ciencia ficción con malas notas

Según Lepore, el problema ideológico de Silicon Valley se origina en una mala comprensión lectora. Figuras como Elon Musk, señala, leen las novelas de ciencia ficción no como advertencias distópicas, sino como manuales de instrucciones. Esta visión mesiánica, donde la tecnología es la solución definitiva para los imperfectos sistemas humanos de gobierno, no es nueva, pero ha encontrado en la inteligencia artificial su vehículo perfecto. Es la culminación de un proyecto político que busca reemplazar el lento y deliberativo proceso democrático por la eficiencia fría y supuestamente objetiva de un algoritmo.

Del anuncio de 1984 a la Corte Suprema de Facebook

Muchos recordarán el icónico anuncio de Apple de 1984, que prometía una tecnología que rompería las cadenas del conformismo totalitario. Lepore se pregunta si esa promesa se ha cumplido o si simplemente hemos cambiado un poder por otro. Cuando Facebook crea su propio “Tribunal Supremo” para moderar contenido o cuando Anthropic contrata a un filósofo moral para decidir los principios de su IA, no están simplemente innovando. Están privatizando la justicia y la ética, funciones esenciales del estado. “Mi problema es la forma en que las corporaciones privadas han asumido cada vez más las funciones del estado”, afirma Lepore en una crítica que, según reportó TechCrunch, es el eje central de su análisis.

El espejismo del presidente-algoritmo

La ambición no se detiene en funciones aisladas. La idea de un gobierno dirigido por IA, que alguna vez fue material de ficción, es ahora discutida con una alarmante naturalidad en los círculos de poder tecnológico. La frase de Sam Altman, CEO de OpenAI, sobre que “un presidente de IA sería una gran idea”, es para Lepore el síntoma perfecto de esta desconexión con los principios democráticos. No se trata de una oposición a la tecnología en sí misma, sino a la arrogancia de creer que un sistema opaco y sin rendición de cuentas puede sustituir la voluntad popular.

La advertencia de Lepore no es un llamado a desconectar nuestros dispositivos, sino una invitación urgente a un debate público. La cuestión fundamental que plantea no es si la IA avanzará, sino quién escribirá sus reglas. Si permitimos que el futuro de la gobernanza se decida en las salas de juntas de California en lugar de en los parlamentos, la distopía que los líderes tecnológicos dicen querer evitar podría ser una que ellos mismos terminen construyendo.

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