El Ministerio del Interior del Reino Unido se prepara para cruzar una nueva y peligrosa frontera tecnológica. A partir de julio de 2026, planea implementar un sistema de inteligencia artificial basado en reconocimiento facial para determinar si los solicitantes de asilo son menores de edad o adultos. La medida, que busca agilizar los procesos, ha encendido las alarmas de una coalición de organizaciones de derechos humanos, quienes advierten que esto no es más que una forma de automatizar la injusticia y poner en riesgo a niños increíblemente vulnerables.
¿Tecnología o “neofrenología” digital?
El problema de fondo no es la tecnología en sí, sino sus fallas documentadas. Estos sistemas de estimación de edad tienen un sesgo racial inherente, afectando desproporcionadamente a personas de piel oscura, especialmente de países africanos. La organización legal Foxglove lo califica sin rodeos de “sesgo racista”. Peor aún, el propio gobierno británico admite que la herramienta tiene un margen de error de hasta 30 meses. En el limbo de esos dos años y medio se juega el destino de un niño. Petra Molnar, del Migration and Tech Monitor, va más allá y lo describe como “neofrenología”, una pseudociencia moderna que categoriza a las personas por sus rasgos físicos.
Las consecuencias humanas de un error de algoritmo
Cuando el sistema se equivoca y etiqueta a un niño de 16 años como un adulto de 19, las consecuencias son devastadoras. Ese menor pierde el acceso a la protección legal y al cuidado especializado que le corresponde. Podría ser alojado en centros para adultos, expuesto a violencia, quedar sujeto a detención e incluso a deportación. Según reportó The Guardian, tan solo en el último año, 755 niños ya fueron clasificados incorrectamente como adultos a su llegada al Reino Unido. La nueva IA amenaza con empeorar estas cifras, ignorando además un factor crucial que los algoritmos no pueden medir: como señala Molnar, “el trauma envejece” y las duras condiciones del viaje alteran la apariencia física de cualquiera, más aún la de un niño.
Una herramienta para justificar decisiones
Para los críticos, la motivación del gobierno no es la precisión ni la protección infantil. “Esta es una herramienta barata que no mejorará estas cifras”, afirmó Maddie Harris, de la Humans for Rights Network. “No se trata de proteger a los niños, se trata de respaldar las decisiones que las autoridades ya están tomando”. La implementación de esta tecnología parece más un intento de dar un barniz de objetividad científica a políticas migratorias cada vez más duras, delegando una responsabilidad humana crítica a un código propenso a errores y prejuicios.
Mientras el Reino Unido avanza con este plan, se establece un precedente preocupante para el resto del mundo. La promesa de eficiencia de la inteligencia artificial choca de frente con la ética y los derechos humanos más básicos. La pregunta que queda en el aire es si estamos dispuestos a aceptar que el futuro de un niño refugiado dependa del juicio falible de un algoritmo.

