La línea que separa la seguridad privada de la vigilancia estatal se acaba de volver increíblemente delgada en el Reino Unido. La empresa de inteligencia artificial Facewatch ha activado una función que convierte las cámaras de un supermercado en un sistema de alerta directa para la policía. Según reportó The Guardian, cuando su sistema de reconocimiento facial identifica a un delincuente reincidente en una tienda, una alerta llega a las autoridades en un promedio de cuatro segundos. Esto no es ciencia ficción; está sucediendo ahora en cadenas como Sainsbury’s y está encendiendo un debate feroz sobre la privacidad y el futuro de la vigilancia en los espacios públicos.
La escala del “policía digital”
El argumento de los minoristas es claro: la delincuencia está en auge. Con cifras que superaron los 500,000 robos en tiendas en Inglaterra y Gales el año pasado, buscan soluciones drásticas. Más de 100 negocios ya utilizan la tecnología de Facewatch, y gigantes como Sainsbury’s planean expandir su uso de 55 a más de 200 tiendas para fin de año. La compañía defiende su sistema, con su CEO, Nick Fisher, afirmando que no se trata de “alertar a la policía cada vez que alguien entra a una tienda”, sino de coordinar una respuesta contra “los delincuentes de mayor riesgo y más prolíficos”. Tan solo en los primeros seis meses de 2026, el sistema ya generó casi 300,000 alertas a los comercios.
Una “escalada peligrosa” sin regulación
Para las organizaciones de derechos civiles, este avance es una pesadilla hecha realidad. Grupos como Liberty y Open Rights Group lo han calificado como una “escalada peligrosa” y una clara “infracción de los derechos de datos y privacidad”. El problema de fondo es que una empresa privada, sin supervisión judicial ni regulación específica, está creando listas de vigilancia y compartiendo datos biométricos con la policía de forma instantánea. Como señaló Charlie Whelton de Liberty, “no es ilegal entrar a una tienda, incluso si has cometido delitos en el pasado”. Esta tecnología opera bajo una presunción de culpabilidad, criminalizando la mera presencia de una persona en un espacio público.
La crítica se extiende a la propia policía, a la que Big Brother Watch acusa de insertarse en una “operación de vaqueros”, dando legitimidad a un sistema opaco y no probado. Expertos del Ada Lovelace Institute añaden un punto crucial: existen medios mucho menos intrusivos para combatir el hurto. La adopción de esta vigilancia masiva parece un atajo tecnológico que ignora sus profundas implicaciones sociales y éticas, normalizando un clima de vigilancia constante en la vida cotidiana.
Un precedente con futuro incierto
El movimiento de Facewatch establece un precedente inquietante que va mucho más allá de la seguridad en tiendas. La tecnología está superando a la legislación, creando un “salvaje oeste” de la vigilancia biométrica donde empresas privadas deciden quién es una amenaza. La pregunta ya no es si la tecnología puede hacerlo, sino si, como sociedad, debemos permitirlo. El futuro de la privacidad en los espacios públicos podría decidirse en los pasillos de un supermercado.

