En los círculos políticos de Washington vuelve a sonar una melodía familiar: la promesa de un crecimiento económico tan explosivo que solucionará todos los problemas fiscales. Esta vez, el ingrediente mágico es la inteligencia artificial. Figuras como Donald Trump aseguran que la IA desatará una prosperidad capaz de “hacerse cargo de los 40 billones” de dólares de deuda federal. Es una narrativa poderosa y optimista, pero para cualquiera que siga de cerca la industria tecnológica y la economía, es fundamental entender por qué este sueño se parece demasiado a una pesadilla fiscal que ya vivimos.

Un eco de los años 80

Esto no es una idea nueva. Es una versión 2.0 de la “economía del lado de la oferta” o “Reaganomics” de los años ochenta. La teoría era que los recortes de impuestos masivos estimularían tanto la economía que los ingresos del gobierno, paradójicamente, aumentarían. La historia nos enseñó el resultado real: un déficit presupuestario que se disparó. Ahora, la IA ha reemplazado a los recortes de impuestos como la panacea universal. Sin embargo, la lógica subyacente es la misma: apostar por un crecimiento milagroso para evitar tomar decisiones fiscales difíciles.

El dinero de la IA no va (directamente) al fisco

El problema principal de esta tesis es que asume que los beneficios económicos de la IA se traducirán automáticamente en mayores ingresos para el gobierno. Como señaló un reciente análisis de The Guardian, “incluso si la IA sobrealimentara la economía, su impacto en las finanzas del gobierno sería limitado”. ¿La razón? Una enorme porción de la inversión y los futuros beneficios se concentra en un puñado de gigantes tecnológicos —los llamados “superscalers” como Google, Meta y Microsoft— que están construyendo la infraestructura. La inversión necesaria es astronómica, estimada en 1.43 billones de dólares solo este año, y estas corporaciones necesitarán años de crecimiento masivo solo para recuperar sus costos, sin contar con los beneficios fiscales que suelen optimizar.

La paradoja del interés

Irónicamente, la propia fiebre por la IA podría estar complicando la situación fiscal. Esta inmensa demanda de capital para construir centros de datos y desarrollar modelos, combinada con otros factores macroeconómicos, está presionando al alza las tasas de interés. Esto significa que al gobierno de Estados Unidos le cuesta cada vez más caro financiarse. Los pagos de intereses de la deuda ya se comen el 3.3% del PIB, una cifra muy superior al promedio histórico del 2.1%. En resumen, la tecnología que supuestamente pagará la deuda está, de momento, encareciendo su mantenimiento.

Los números simplemente no cuadran. Los economistas más serios calculan que para equilibrar el presupuesto en 2036 se necesitaría un crecimiento anual sostenido del 7.2%, una cifra impensable para una economía madura. La IA sin duda transformará nuestra economía y traerá ganancias de productividad, pero presentarla como una varita mágica para borrar décadas de desequilibrios fiscales no es una estrategia seria, sino una peligrosa fantasía.

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